W3- Spanish Gender Norms and Women in Colonial Quito

Gauderman provocatively argues that “the colonial government viewed patriarchy as disruptive to a social order that culturally and institutionally undermined all forms of centralized control” (126). First of all, why do you think this argument is so provocative? Secondly, do you think that Guaderman adequately sustains her argument. Finally, what questions occurred to you as you read the book?


New Blog: http://publicoynotorio.wordpress.com/

Hi, I’ve moved.  I’ve been meaning to revamp this blog–which was part of a seminar assigment–and I finally found some time to do it.  But in the process I found it easier to create a whole new blog page.  Here it is: http://publicoynotorio.wordpress.com/

I’ll probably close this one down.


Essay delivered at the Foro de Historia del Paraguay

“Las fuentes notariales para una nueva historia social de la colonia Paraguaya en los siglos dieciséis y diecisiete”

Shawn Michael Austin, M.A.

Foro de Historia del Paraguay, Analysis y Perspectivas, 200 Años de Proceso Histórico La Escuela de Ciencias Sociales y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Asunción


A partir de un resumen del concepto político y social de la autoridad descentralizada, ofrecemos hoy una esquema por una historia social de Asunción u otras ciudades y pueblos alrededor durante los siglos dieciséis y diecisiete. Utilizando pleitos criminales y civiles, fuentes muy pocas conocidas en la historiografía colonial del Paraguay, proponemos construir una etnohistoria de los indígenas, los negros, y la gente que deslizaba por varios categorías socio-raciales a través de un análisis de de las encomiendas originarias y mitayas. Las fuentes referidas, aparte de revelar mucha información de la vida cotidiana y de la cultura incipiente, demuestran como grupos subalternos utilizaban el sistema legal Habsburgo para defenderse y buscar sus propios intereses sociales, económicos, o culturales.
Empezamos con un análisis de un concepto no bien conocido en la historiografía del Paraguay colonial que es fundamental para una historia del sistema legal y de una esquema de la sociedad, el concepto de la autoridad social y político descentralizada. Empezamos con un ejemplo: En 1688 un grupo de coloniales, algunos miembros del cabildo, el procurador general, y dos sacerdotes dieron respuesta al rey en cuanto a una cédula royal que exigía al gobierno de Asunción reducir a los indios originarios a pueblos de indios. Originarios refería a los indios que vivían fuera de sus pueblos naturales a trabajar en las chacras y aun en las casas de los españoles y prestaban servicio personal a los españoles. Esta coalición de encomenderos explicaron al rey que siendo una sociedad en un estado de guerra en contra de los indios gentiles y enemigos y una sociedad pobre no podrían sobrevivir sin sus indios originarios. Entonces dijeron lo siguiente al rey: “sobre que se rreduscan a los originarios a Pueblo, se deven obedecer como a cedula del rey nro…pero no executan hasta darle quenta por los graves danos q rresultarian en esta ciudad.”1 Esta frase “obedecer pero no ejecutar” describe como funciona la autoridad descentralizada en la política. El proceso tradicional ilustrado por la frase “obedezco pero no ejecuto” o “no cumplo” se basaba en la habilidad de grupos locales atrasar la implementación de una política nueva. John Leddy Phelan describió la formula: La cláusula “obedezco” señala el reconocimiento por inferiores de la legitimidad del poder soberano, quien, si apropiadamente informado de todas las circunstancias, podría hacer ningún mal. La cláusula “no ejecuto” es la suposición del inferior de la responsabilidad de atrasar la ejecución de un orden hasta que el soberano este bien informado de las condiciones de los cuales tal vez esté ignorante y sin conocimiento de los cuales una injusticia se realizaría.”2

Phelan sigue la explicación de la autoridad descentralizada:

“Dada la ambigüedad de las metas y el frecuente conflicto entre las normas, todas las leyes no se podían aplicar y obligar simultáneamente. El predominio de normas contradictorias que prevenía un subordinado cumplir con todas las normas a la vez les dio también una voz en el proceso político sin poner en peligro el control de los superiores.3” En la burocracia colonial existían varias autoridades que compartían de poderes y jurisdicciones superpuestas. Es decir que no existía una jerarquía clara que empezaba con el rey hasta llegar al pregonero local. Varios historiadores han probado esta estructura en la política en las colonias españoles.4 Ademas la esquema de la autoridad descentralizada ha sido probado no solo en la política pero en la sociedad misma y el género.5 El trabajo de Douglas Cope, por ejemplo demuestra que en la Ciudad de Mexico en el siglo diecisiete y dieciocho no funcionaba en la realidad social una sistema de castas que organizaba la sociedad en estrictas jerarquías raciales. La gente podía “pasar” y deslizarse por varias identidades raciales. Esa esquema de la sociedad nos abre una visión mas amplia cuando estudiamos la sociedad en la provincia del Rio de la Plata. Vemos que en los pleitos varios actores sociales saltaban de jurisdicciones (el cabildo, jueces locales, el gobernador, jueces eclesiásticos), que no había una forma singular empezar un proceso legal. Además vemos que las jerarquías raciales con españoles encima y negros al fondo no eran tan simples.
Antes de ver algunos casos es importante tocar la historiografía existente por los siglos 16 y 17, las esquemas que se han usado, y la base de sus fuentes primarias.
Las fuentes existentes para la etnohistoria de Paraguay en los siglos dieciséis y diecisiete son pocas cuando se compara con otros centros indígenas en Hispanoamérica. No tenemos un Guaman Poma de Ayala o un Códice Florentino, fuentes producidos por indígenas en la primera o segunda generación después de la conquista. Los fuentes escritos por Guaraníes en el siglo dieciséis y diecisiete son poquísimas. Las obras de Necker, Cardozo, Meliá, Duran Estrago, Plá, y Súsnik establecieron los rangos de la etnohistoria Paraguaya. A pesar de sus distintas enfoques estos autores han demostrado, que los Guaraníes “no era una masa maleable entre las manos de los civilizadores—franciscanos y jesuitas—y que éstos debieron adaptarse a los indígenas en la misma medida en que los indígenas debieron adaptarse a los misioneros.”6 Por la mayor parte estos autores se han enfocado en fuentes eclesiásticos y en las relaciones entre los Guaraníes y los padres católicos. No existen muchos trabajos que se tratan de las relaciones de los indígenas y los españoles afuera de las reducciones en los primeros dos siglos después de la conquista. El estimado historiador James Lockhart propuso que por las regiones de México y Perú el sistema más importante de aculturación no fue la iglesia o las reducciones sino la encomienda. Lo mismo no se puede decir con tanta certidumbre por la provincia de Paraguay, pero tomando en cuanta la larga vida de las encomiendas en el Paraguay es sorprendente que no hayan muchos trabajos que se tratan de las encomienda en el Paraguay o más bien las relaciones entre todas las razas sociales entrelazados por las encomiendas. Es decir que no queremos restringirnos a solo las relaciones entre los indios y españoles—categorías que hace falta definir—, pero a todas las relaciones. Por ejemplo, entre los esclavos negros o mulatos libres y indios o mulatos. Tomando en cuenta la importancia de la encomienda para poder construir una historia social de Paraguay, es sorprendente que todavía la obra más consultada para entender la encomienda es “The Encomienda in Paraguay” por Elman R. Service en la cual dijo que el control de los españoles sobre los indios fue impresionante, “prácticamente eran libres hacer lo que querían.”7 Service explicó que debido a la delicada presencia de los españoles en los primeros treinta anos se estableció una forma de encomienda que fue mas bien el parentesco que los españoles y caciques arreglaron en los primeros años, la encomienda originaria. Service pensó que la inmoralidad sexual española e indígena llevó a cabo la paz social y que la aculturación rápida que se realizó en el siglo dieciséis y diecisiete explica la temprana desarrollo de “rasgos nacionales,” una teleología feroz en la historiografía Paraguaya.8 El análisis de Service depende de fuentes que dan una perspectiva estrecha: memorias de conquistadores españoles y memorias de padres Jesuitas y Franciscanas. Aquí nosotros propongamos que una etnohistoria, y por etnohistoria incluimos grupos subalternas—indios, negros, esclavos—y una historia del desarrollo social de las encomiendas debe de incluir una base de fuentes más amplia.
Por más que una década historiadores y antropólogos han usado fuentes notariales—testamentos, pleitos criminales y civiles y registros de la inquisición—para construir una “nueva” o si quieren una “nueva nueva” historia social. Según lo que entendemos no funcionó una Inquisición sistemática en Paraguay como la funcionó en Mexico o en Peru. No obstante la sección Civil y Judicial del Archivo Nacional de Asunción contiene casi dos mil casos criminales y civiles, una fuente bastante larga. Hasta ahora esta sección no ha sido consultado sistemáticamente para realizar una nueva historia social del Paraguay colonial. Ahora desplegar tres casos para explorar qué nos pueden brindar para formar una historia de las encomiendas y relaciones sociales.
En agosto de 1595 un representante del vecino y encomendero Pedro Sanchez de Valderrama apareció ante el Alcalde Ordinario Bartolome de Sandoval Ocampo para registrar una querella en contra de Antonio Denis, otro encomendero y vecino de la ciudad de la Asunción. Valderrama discutía que Denis había sacado una india llamada Francisca de su encomienda y la había depositada en su propia encomienda para que laborase por el. El alcalde y juez aceptó la demanda y siguió con la una interrogatorio que el representante de Valderrama creyó. A tres indios de dos encomenderos el escribano hizo este primer interrogatorio. Lo que siguió es prácticamente una genealogía de la dicha Francisca por sus vecinos, ella misma, y sus parientes. Aprendemos que Francisca venia de una clase alta de caciques, que su abuelo el cacique Mocarapé dio a su madre Mariana Taychaó en matrimonio a otro cacique que después de fallecerse Mariana se amancebó con el cacique Antonio Cuavaciacá. La mayoría de los testimonios fueron tomados de indios y traducidos por interpretes que usualmente fueron también vecinos o poseedores de tierras. De vez en cuando los interpretes dijeron que no conocían la palabra en español: por ejemplo, refiriendo a la casa del cacique Mocarapé, varios testigos lo llamaron la tequá; es decir hay ricas posibilidades etnohistóricas aquí.
En los pleitos entre encomenderos por un solo indio, y mas bien muchas veces una inda (femenina) los hechos cruciales fueron los matrimonios o amancebamientos que cruzaban distintas encomiendas. Mediante estos pleitos podemos empezar a reunir los trozos y entender, por ejemplo, las relaciones entre Guaraníes en las encomiendas y quizá delinear los rasgos corporativos de los indígenas después de la conquista. En los casos que revisaremos ahora veremos los mecanismos que indios usaban para protegerse de los abusos de otros.
En el 29 abril 1616, un indio que se llamaba Anton de la encomienda de Diego Arias apareció ante el capitán Pedro de Ovelar teniente general de gobernador con el ojo lastimado y con cardenales en el brazo y la cara para registrar una querella contra el yerno de Arias, Pedro de Alvarado, quien se le dio las lesiones. Anton dijo que el día pasado en las horas de víspera estaba en la chacra de legumbres y maíz que pertenecía a su encomendero, pero según Anton el mismo cultivaba para el sustento de su mujer e hijos cuando llego el yerno de Arias, Pedro de Alvarado. Creyendo que la chacra existía por su propio uso, Alvarado empezó a sacar el maíz para darle de comer a su caballo cuando Anton levantando la voz le dijo que la dejara que era para el sustento de su familia. Aparentemente fastidiada por su brusca confrontación el Alvarado ataco al Anton dándole una puñalada en el pecho con un cuchillo y varios golpes huyo Anton del Alvarado en su casita. Todavía no satisfecho con su trabajo Alvarado se metió en la casa para darle a Anton mas golpes con una pala que se quedo destrozado por las repetidas golpes que dio (pobre pala, verdad?). Por fin llegó una india mujer de la misma encomienda y echo al Alvarado del sitio.9
El 4 mayo, después de tomar deposición de tres indios testigos del crimen, todas las deposiciones siendo comparables el alférez, Francisco Juarez de Figueroa, mando que se le encarcelara al Pedro de Alvarado en la casa del cabildo de Asunción. Es importante notar que en el sistema de justicia Habsburgo, y muchas sistemas legales pre-modernas, la carga de la prueba caía sobre él que es acusado, en este caso Pedro de Alvarado. El 5 mayo el alférez se fue al cabildo a sacar del Alvarado su confesión pero al enterarse de que Alvarado tenia solo veintidós años, un menor bajo la ley, le dio a él un curador, que le representase. El 6 mayo por fin el alférez saco su confesión. Se le preguntó al Alvarado si sabia que la fruta chacra pertenecía al dicho Anton, y respondió que no sabia quien la sembraba. Preguntado si se acuerda de sacar maíz del Anton y pegarle y puñalarlo, Alvarado admitió que le había dado algunos bofetones “pero no le hirió.”
En un giro importante en el pleito, el alférez trasladó el pleito al Protector de los Naturales, un oficio elegido por el cabildo que se encargaba de vigilar por los indios y esclavos y representarlos si se le pidiera o se viera oportuno. El Protector Julio Bautista Corona, en vez de seguir contra Alvarado, reclamó al encomendero de Anton, Diego Arias diciendo: “digo que el dho indio Anton tiene encomendero y como tal le puede vuestra majestad mandar salga a la causa de su encomendado como tiene obligación pues es verdadero protexer de sus yndios [sic].”10 Informado que ahora se le acusaba a él, el encomendero Diego Arias aparece y da testimonio que él no tiene porque presentar una acusación en contra de su yerno siendo que, según Arias, el indio Anton se bajo de la querella. Y en verdad, sigue una declaración del indio Anton en que se baja de la querella y que “estaba satisfecho de su agravio.”11 Puede ser que el encomendero exigiera al Antonio o apretara al Anton para que se bajara de la querella, sólo podemos imaginar que impulsos empujaron a Anton.
Pero aún así el alférez siguió y pidió del Pedro Alvarado un testimonio final antes de declarar la sentencia. Alvarado declara que quiere renuncia su derecho de formar una defensa por “la poca salud” que dijo que tenía y agregó que de los indios que dieron testimonio “estan tán ocasionados q con qualquier cossita se viene a las varbas alhambre y le dan ocasion para solo venir a se quejar a la justicia por todo lo qual [sic].”12 Al final el alférez declaró la sentencia: Alvarado fue condenado a seis años y dos meses de destierro fuera de la ciudad de Asunción y responsable pagar todos los costos del proceso judicial y siendo pronunciado en público el 16 agosto 1616 se terminó el caso.
Este proceso demuestra que la clase encomendera, si existía una clase en sí, no tenia poder inmensurable, que los encomendados indios tenían fuentes de justicia. Pero el nivel del conocimiento del sistema y discurso legal variaba.
En 1707 un indio que se llamaba Nandu o Hernando Indio escribió al gobernador en su propio mano y su propio firma para discutir que el Sargento Mayor Don Juan de Avendaño le reclamaba a él como indio originario, y por consiguiente a toda su familia como tributarios que deberían pagar la tasa. Nandu dijo que nació en el pueblo destruido de Tarecañy y se crió en la estancia de Yaariguá que pertenece a la Compañía de Jesus. El Sargento Mayor Avendaño había procurado sacarle al dicho Nandu de la estancia de Yaariguá y poseerlo en su propia casa. Citando una cédula real, Nandu explica que “qualquier indio, que huviere estado por diez años” en un lugar “es dado por natural de aquel lugar.”13 Avendaño en su turno utilizó el bien conocido discurso del pobre vecino, soldado en la frontera enemiga que merecía sus indios y declara que sí Nandu y su familia pertenecían a su encomienda. El gobernador declaró que Nandu debía de pagar la tasa. Enterándose de la sentencia, Nandu utilizó el discurso de “obedezco pero no ejecuto” exponiendo al gobernador que éste no sabía del gran daño que había ocurrido a causa del Avendaño, y pidió que se revisara las visitas y padrones antecedentes de la encomienda del Avendaño a verificar si él mismo aparecía en los registros. Se hizo la pesquisa y se encontró que Nandu no aparecía en la encomienda de Avendaño y al final el gobernador declara que el indio Hernando “debe declararse por libre” de la encomienda de Avendaño y de cualquier otra y que se quede en la estancia con su familia y sus hijos.14
Este proceso demuestra la importancia de los padrones, un registro legítimo que se podría utilizar para ordenar asuntos y que los oficiales del gobierno ponían mucha fe en estos datos. También tenemos otros datos importantes de este indio. En su defensa y petición, Nandu explicó que salió de Tarecañy a los doce años y entró en el servicio de los Jesuitas, dónde seguramente aprendió leer y escribir. También nos enteramos que Nandu estaba casado con una mulata libre.
Al final no ofrecemos conclusiones dramáticas pero mas bien una esquema de como podemos empezar a formar una historia social de Paraguay en los primeros dos siglos. Hemos notado que los pleitos nos ofrecen ricos datos etnográficos que son variados: genealogía, vida cotidiana, relaciones inter-raciales, etc. Triangularizados con otros fuentes tradicionales podemos esbozar el nexo entre el labor obligatoria, aunque sea la esclavitud, la encomienda originaria, o la encomienda mitaya. Es decir, desagregar los distintos modos de labor y las relaciones que crearon. Por ejemplo muchos autores de otras regiones hispanos-americanos han empezado a entender los distintos rangos culturales de indios yanaconas, mitayos, y forasteros; algo que esperamos realizar con los fuentes introducidos aquí.


Notes

  1. ANA, Sección Historia, Carta del procurador general al Rey, 1688. ↩
  2. John Leddy Phelan, “Authority and Flexibility in the Spanish Imperial Bureaucracy,” Administrative Science Quarterly 5 (1960): 47-65. Todas las traducciones aquí son míos. ↩
  3. Phelan, “Authority and Flexibility in the Spanish Imperial Bureaucracy,” 47. ↩
  4. Vease Chad Thomas Black, The Limits of Gender Domination (Albuquerque: University of New Mexico Press, 2011); Mark A. Burkholder and D.S. Chandler, From Impotence to Authority: The Spanish Crown and the American Audiencias, 1687-1808 (Columbia: University of Missouri Press, 1977); Alejandro Cañeque, The King’s Living Image: The Culture and Politics of Viceregal Power in Colonial Mexico (New York: Routledge, 2004); Douglas Cope, The Limits of Racial Domination: Plebian Society in Colonial Mexico City, 1660-1720 (Madison: University of Wisconsin Press, 1994); Helen Nader, Liberty in Absolutist Spain: The Habsburg Sale of Towns, 1516-1700 (Baltimore: Johns Hopkins University Press, 1990); Phelan (1960). ↩
  5. Black, The Limites of Gender Domination (2011); Douglas Cope, The Limits of Racial Domination: Plebian Society in Colonial Mexico City, 1660-1720 (Madison: University of Wisconsin Press, 1994); Kimberly Gauderman, Kimberly, Women’s Lives in Colonial Quito: Gender, Law, and Economy in Spanish America (Austin: The University of Texas Press, 2003); Jane Mangan, Trading Roles: Gender, Ethnicity, and the Urban Economy in Colonial Potosi (Durham: Duke University Press, 2005). ↩
  6. Necker en Margarita Durán Estragó, San José de Caazapá: un modelo de reducción franciscana (Asuncion: Imprenta Salesiana, 1995), 12. ↩
  7. Elman R. Service, “Spanish-Guaraní Relations in Early Colonial Paraguay” in Anthropological Papers, edited by Museum of Anthropology 1-106, no. 9 (Ann Arbor: University of Michigan Press, 1954), 107. ↩
  8. Ibid., 99. ↩
  9. Sección Civil y Judicial, ANA, vol. 1776, no. 1, 1616. ↩
  10. Ibid., foja 7. ↩
  11. Ibid., foja 8. ↩
  12. Ibid., foja11. ↩
  13. Sección Nueva Encuadernación, ANA, vol. 71, foja 132. ↩
  14. Ibid, foja 138. ↩

The Footnote

After reading Grafton’s The Footnote I considered the legacy of von Ranke for the historical discipline and for my own historical bildung (education/upbringing).  While Grafton effectively notes that Ranke was not the first to employ “footnotes”, he was the first modern historian (or at leas the one we still recognize) that provided that crucial positivist pivot towards an historical methodology that–regardless of whether we want to recognize it or not–most of us are still engaged in.  The footnote as a rhetorical/methodological/theoretical maker is an interesting and effective way to understand the legacy of von Ranke.

As I read Grafton’s analysis I could not help but wondering about really how much our discipline has changed.  I certainly don’t want to suggest that we are all doing the same thing that Ranke was doing with late-medieval and Renaissance histories.  We cannot deny, however, that epistemologically many of us are still very close to Ranke’s positivism.   Out footnotes demonstrate that we believe in triangulating sources to articulate a narrative that gets to what “really happened.”  As one of my colleagues in the department likes to repeat: when we are truly honest with ourselves most of us have not completely given up on a glimmer of objectivity in our works.  If we did, then our footnotes would look very different.

What about Grafton’s footnotes?  Unlike Gibbons, Grafton applies his clever quibs to the actual text.  His footnotes are better described by his own metaphor: “Like the high whine of the dentist’s drill, the low rumble of the footnote on the historians page” (5).  Note the lengthy and raw materials: long passages in German, etc.


Burton Part III

This readings this week raise questions about the politics of the nation-state when they intersect with the archives; validity of traditional archives versus oral accounts; and the role of the archive for historians involved in public debates about the past.

Pohlandt-McCorkmick and Perry’s articles demonstrate that fundamental epistemological questions are highly volatile since they are embedded in politics and in the minds of a few officials (a justice, for example), enter the Arkheion again.  Pohlandt-McCorkmick’s research was contingent upon the political shift in the 90s which allowed for greater access to state/police archival materials.  Deep in the “belly of the beast”  he found the unexpected: the intimate thoughts of the “subversives.” This is an excellent example of the paradox of the archive: you often find exactly what you seek in the most unexpected places. Furthermore, the more open administration after 1994 created the Truth and Reconciliation Commission which fundamentally shifted the state’s epistemological philosophy by recognizing the validity or oral sources.

In contrast, Adele Perry’s analysis of the Delgamuukw v. British Columbia reveals the implications of accepting an epistemology rooted in nineteenth-century positivism. Perry concludes that

“we should move to a postcolonial practice of history–one that acknowledges and utilizes the distinctive possibilities of all archives and embraces rather than denies the interpretive challenges posed to mainstream historical methodology by the indigenous archive, alternative ways of reading the written one, and the simple admission that the ways we know the colonial past are not only multiple but necessarily and unevenly partial” (344).

Does Perry assume we all understand what “postcolonial practice of history” means?  According to her analysis, post-colonial analysis simply accepts the validity of the oral tradition.

This essay also reminds me of native Californian struggles for federal recognition.  In short, they are for the most part trapped in a system that only accepts a positivist epistemology (i.e. blood quanta, historical documents, and archeological data).  To play the devil’s advocate, what are the dangers of relying too heavily on oral tradition?

Finally, I think both Perry and Curthoy’s both illustrate how “positivist” sources–the record written by the hand of the colonials–need to be interrogated.  It should never be assumed–as did Justice McEachern and Windschulttle–that written records are inherently valid.

 


Conceptualizing the archive and “archive stories”

Gosh’s experiences portray archives as “contact zones” wherein interactions with others reveals nationalist perceptions about the archive materials and new interpretations. Are the “archive stories” that emerge from these networks relevant to colonial histories or are they more useful in another form: epilogue, journal article, edited volume?  It seems to me that archive stories are most useful for a colonial history when they reflect on the methodological limits the archive creates, rather than nationalist glosses on the interpretation.  In other words, since the archive itself–as Milligan, Fritzsche, and Robertson all point out–is a deeply connected to national goals, what can archive stories tell us about history before the nation-state existed?

When are archive stories debilitating to our work?  In other words, do we have examples of historical works wherein the archive stories or ethnographic anecdotes are distracting to the work as a whole?


Barber and Berdan Part III

Worthwhile topic.  Barber and Berdan’s checklists (283) for a worthwhile topic might seem trivial but are actually really good exercise.  Regarding the criteria for a not-so-worthwhile project, the following point is important: “Is the idea interesting but unfeasible because the required data do not exist or are unavailable and cannot be gathered?”  This is a question that many fail to adequately address or discover once the sources have been explored sufficiently.  Can we think of any questions (general historical) that are not feasible because of insufficient sources?

What determines the “minor importance” of a research question and how is this mitigated by the politics of the historical enterprise today? (see page 283)